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Valores

“Inspirados por el único Espíritu de Dios, los cristianos y los que profesan otra fe nos sentimos unidos en torno a un depósito común de valores en los que se fundamenta nuestra visión educativa y su puesta en práctica: el respeto a la dignidad de la persona, honradez, justicia, solidaridad, paz, sentido de trascendencia…” (MEM 35).

Como todas las instituciones educativas católicas, las escuelas maristas promueven los valores del evangelio desde un ambiente fraterno donde se vive la caridad y se fomentan la solidaridad y el sentido de trascendencia. Lo que nos caracteriza es la forma de hacerlo: desde una presencia que es cercanía y relación afectiva, con un espíritu de familia, en un estilo de vida marcado por la sencillez y el amor al trabajo y mediante la reflexión y vivencia de los derechos humanos, en especial de la niñez y juventud.

Esta forma de ser y de educar es coherente con una concepción de los valores y su apropiación: no se trata de objetos que se adquieren ni de reglas que se imponen, sino de dinamismos que orientan la vida de las personas y cada una de sus decisiones cuando se han asumido libremente.

No podemos olvidar que la apropiación de estos valores se realiza en el marco de una cultura que ha dejado de propiciarlos. En amplios sectores de la población ha permeado la tendencia al consumismo, la sobrevaloración del placer, la relajación de todo tipo de normas, la liberación de impulsos y sentimientos, así como el ansia de nuevas experiencias y sensaciones. Aunado a esto, desde la década de los 60’s ha crecido el rechazo o la contestación a las formas de autoridad constituida, no sólo en el Estado, sino en la familia, la Iglesia o la escuela. En consecuencia, padres de familia, maestros y representantes de la autoridad temen ser criticados si defienden las normas, y en ese ambiente se pierde el sentido de la obediencia y se favorece el relativismo moral. Se vuelve entonces más urgente una acción intencional para favorecer la apropiación de los valores que dan sentido a la escuela marista, pero en el marco de una educación en la libertad y los derechos, y no en la pretensión de “inculcar” valores como si se tratara de un proceso en el que no intervienen la conciencia y la libertad de los educandos.

La misión de los educadores es crear un ambiente en el que los valores se puedan apreciar en su testimonio, pero además es necesario reflexionar con los alumnos sobre las razones por las que se adoptan unos valores y las consecuencias que tienen en la vida, así como propiciar el examen de las decisiones que se han tomado. Los valores que realmente influyen en la vida de una manera consistente y duradera son aquellos que cada persona es capaz de elegir por sí misma, mediante un proceso de interacción y de confrontación crítica con el mundo y la cultura en donde se encuentra situada. Es en la historia donde los valores se crean y aparecen por la actividad del hombre y, aunque no se crean de modo absoluto, es en ella donde se clarifican y encarnan. Cada persona, sumergida en un modo de relacionarse participativa y creadoramente con la realidad, descubre los valores y los hace suyos en una elección libre, que los educadores podemos orientar, acompañar o confrontar, pero nunca suplantar. Si queremos formar hombres y mujeres que hagan del amor, la verdad, la justicia, la paz, la solidaridad, la honestidad y el servicio los ejes rectores de su vida, tenemos que asumir una tarea permanente, que inicia siempre con nuestro propio testimonio, pero que requiere diálogo y respeto por las opciones que tomen nuestros alumnos.

La educación moral no consiste en imponer pautas de conducta, sino en conducir al alumno a adentrarse en su propia conciencia, acompañarlo y ayudarlo a crecer hasta que por sí solo pueda definir con honestidad cabal qué es el bien y qué es el mal, y aclarar las razones de sus decisiones. Este trabajo se lleva a cabo mediante la promoción, reflexión y ejercicio de los derechos de los niños, niñas y jóvenes en las escuelas maristas. En la vida escolar se asume paulatinamente que es fundamental vivir ciertos valores para que todos puedan ejercer libre y plenamente sus derechos sentando así las bases de una “buena ciudadanía”.